sábado, 1 de junio de 2013

El barrio de los callados




Los muertos no hablan. Son inermes ante el paso del tiempo. El cementerio central está rodeado de millones de historias que están invocadas por el silencio, perturbado por el ruido de los pájaros, el viento, la conversación de los operarios y los eventuales entierros que se presentan al son de los mariachis. La lluvia estaba de cómplice con un muerto que había llegado hace  pocos minutos. El carro fúnebre, en su andar lento, característico de esta clase de ceremonias, viene haciendo su recorrido que parte desde una puerta destartalada, color blanco y casi oxidada, al parecer por falta de mantenimiento.  Los dolientes siguen la carroza llorando, lamentando la pérdida de su ser querido. El olor a humildad y pobreza se respira en ellos. El trompetear de los mariachis acompañaba el llanto de las personas que acudían al sepulcro. Entonan una canción que hace despertar hasta el más puro de los sentimientos y que desgarran el alma.

Tú eres mi hermano del alma, realmente mi amigo
Que en todo camino y jornada está siempre conmigo
Aunque eres un hombre aún tienes alma de niño
Aquel que me da su amistad, su respeto y cariño

Tumba de Leo Kopp, donde es conocido por otorgar deseos.


Hay algunas personas que no soportan la partida de su ser querido. Toman aguardiente Néctar Verde y fuman porros de marihuana. En el cementerio se respira un aire humedo que llega hasta los tuétanos y se retuerce hasta el estomágo. La lluvia y el viento le da una sensación de perversidad y de suspenso a este ambiente, que por si mismo se tilda de tenebroso. Al recorrer los pasillos, de forma desprevenida, se puede llegar a tener el miedo más increible de este mundo y así fue. En el camino el aletear de una paloma que descansaba sobre una tumba hizo retumbar mis miedos y solté una vulgaridad, que se escuchó en todo el cementerio.

Los operarios parecen soldados que cumplen con su deber: overol azul, casco amarillo y botas pantaneras. Algunos están con la cara sucia, quizás embriagados de la cadaverina que se respira alrededor y el hedor de la descomposición que algunas veces sueltan algunos muertos. Ramón, lleva desempeñandose como operario alrededor de tres meses, como talador de árboles. Sin embargo, a pesar del poco tiempo que lleva, me cuenta unas historias que son de no creer. Su voz refleja el albor de su juventud pero a la vez la pobreza y la humildad de que está rodeado.
-      Una vez unos universitarios sacaron a una bebe de un ataúd. Encontramos cosas de brujería. Pero a nosotros nunca nos han asustado.

Y sigue contándome esas historias de terror, como si estuviera extasiado. Al lado está otro operario, callado, observándome con su mirada penetrante, como queriendo saber qué demonios hacía allí. Muerto de frío, su mirada lánguida me permite percibir sus debilidades, pero a la vez mi presencia lo perturba.

-        Una vez a un muerto tuvieron que cambiarlo por que el ataúd donde estaba no cabía por que aquí los huecos están hechos para cajones viejos.

La lluvia seguía cayendo como gotas infinitas que nunca acababan. El horizonte reflejado en el cielo gris predestinaba una tormenta que nunca iba a finiquitar. Esto no fue óbice para seguir recorriendo este lugar sepulcral. El miedo, cada vez más me consumía. Pero, me acordé de una frase que tiene tintes de sabiduría: “Hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos.” Hay variedad de gustos en las tumbas: osarios, tumbas sencillas, tumbas con estatuas, tumbas que parecen pequeñas iglesias a las que pertenecen familias completas.

No obstante, la lluvia seguía arreciando cada vez más. Parecía un huracán que se avecinaba alrededor de nuestras cabezas y que quizás iba a acabar con el mundo. El viento soplaba cada vez más, como queriendo tirar por la borda el cementerio y a la vez los muertos que se encontraban allí. Me cuenta más relatos que son increibles, y que por naturaleza son inherentes a ese lugar.  

Tumba de Alfonso López Michelsen en el Cementerio Central.
Los habitantes de esta vecindad silenciosa, están estratificados y divididos por una inmensa pared, que se puede comparar con el extinto muro de Berlín, que dividió a comunistas y occidentales en la Guerra Fría. Caminando hacia el pasillo central del cementerio me encuentro con algunas tumbas de personajes que hicieron un hito en la historia de nuestro país. Luis Carlos Galán, Alfonso López Pumarejo y Gustavo Rojas Pinilla son algunas de las personalidades que se encuentran sepultadas en este lugar. Todas bien adornadas, con imponentes y reflexivos epitafios. No obstante uno me llamó la atención: El del ex-presidente Alfonso López Michelsen. Era muy simple respecto de las otras tumbas que bordeaban el lugar. Estaba rodeado por pasto, imponente por el verde característico de las hojas, y con su lápida que rezaba: Alfonso López Michelsen (30 de junio de 1913 – 11 de julio de 2007).
El silencio sepulcral sigue reinando en el cementerio. Y los muertos siguen callados, silenciosos ante el inobjetable paso del tiempo. 

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