Los muertos no hablan. Son inermes
ante el paso del tiempo. El cementerio central está rodeado de millones de
historias que están invocadas por el silencio, perturbado por el ruido de los pájaros,
el viento, la conversación de los operarios y los eventuales entierros que se
presentan al son de los mariachis. La lluvia estaba de cómplice con un muerto
que había llegado hace pocos minutos. El
carro fúnebre, en su andar lento, característico de esta clase de ceremonias,
viene haciendo su recorrido que parte desde una puerta destartalada, color
blanco y casi oxidada, al parecer por falta de mantenimiento. Los dolientes siguen la carroza llorando,
lamentando la pérdida de su ser querido. El olor a humildad y pobreza se
respira en ellos. El trompetear de los mariachis acompañaba el llanto de las
personas que acudían al sepulcro. Entonan una canción que hace despertar hasta
el más puro de los sentimientos y que desgarran el alma.
Tú eres mi hermano del alma, realmente mi amigo
Que en todo camino y jornada está siempre conmigo
Aunque eres un hombre aún tienes alma de niño
Aquel que me da su amistad, su respeto y cariño
![]() | |||
| Tumba de Leo Kopp, donde es conocido por otorgar deseos. |
Hay algunas personas que no soportan
la partida de su ser querido. Toman aguardiente Néctar Verde y fuman porros de marihuana. En el cementerio se respira un aire
humedo que llega hasta los tuétanos y se retuerce hasta el estomágo. La lluvia
y el viento le da una sensación de perversidad y de suspenso a este ambiente,
que por si mismo se tilda de tenebroso. Al recorrer los pasillos, de forma
desprevenida, se puede llegar a tener el miedo más increible de este mundo y
así fue. En el camino el aletear de una paloma que descansaba sobre una tumba
hizo retumbar mis miedos y solté una vulgaridad, que se escuchó en todo el
cementerio.
Los operarios parecen soldados que
cumplen con su deber: overol azul, casco amarillo y botas pantaneras. Algunos
están con la cara sucia, quizás embriagados de la cadaverina que se respira
alrededor y el hedor de la descomposición que algunas veces sueltan algunos
muertos. Ramón, lleva desempeñandose como operario alrededor de tres meses,
como talador de árboles. Sin embargo, a pesar del poco tiempo que lleva, me
cuenta unas historias que son de no creer. Su voz refleja el albor de su
juventud pero a la vez la pobreza y la humildad de que está rodeado.
- Una
vez unos universitarios sacaron a una bebe de un ataúd. Encontramos cosas de
brujería. Pero a nosotros nunca nos han asustado.
Y sigue contándome esas historias de
terror, como si estuviera extasiado. Al lado está otro operario, callado,
observándome con su mirada penetrante, como queriendo saber qué demonios hacía
allí. Muerto de frío, su mirada lánguida me permite percibir sus debilidades,
pero a la vez mi presencia lo perturba.
-
Una
vez a un muerto tuvieron que cambiarlo por que el ataúd donde estaba no cabía
por que aquí los huecos están hechos para cajones viejos.
La lluvia seguía cayendo como gotas
infinitas que nunca acababan. El horizonte reflejado en el cielo gris
predestinaba una tormenta que nunca iba a finiquitar. Esto no fue óbice para
seguir recorriendo este lugar sepulcral. El miedo, cada vez más me consumía.
Pero, me acordé de una frase que tiene tintes de sabiduría: “Hay que tenerle
más miedo a los vivos que a los muertos.” Hay variedad de gustos en las tumbas:
osarios, tumbas sencillas, tumbas con estatuas, tumbas que parecen pequeñas
iglesias a las que pertenecen familias completas.
No obstante, la lluvia seguía
arreciando cada vez más. Parecía un huracán que se avecinaba alrededor de
nuestras cabezas y que quizás iba a acabar con el mundo. El viento soplaba cada
vez más, como queriendo tirar por la borda el cementerio y a la vez los muertos
que se encontraban allí. Me cuenta más relatos que son increibles, y que por
naturaleza son inherentes a ese lugar.
| Tumba de Alfonso López Michelsen en el Cementerio Central. |
Los habitantes de esta vecindad silenciosa, están estratificados y divididos por una inmensa pared, que se puede
comparar con el extinto muro de Berlín, que dividió a comunistas y occidentales
en la Guerra Fría. Caminando hacia el pasillo central del cementerio me
encuentro con algunas tumbas de personajes que hicieron un hito en la historia
de nuestro país. Luis Carlos Galán, Alfonso López Pumarejo y Gustavo Rojas
Pinilla son algunas de las personalidades que se encuentran sepultadas en este
lugar. Todas bien adornadas, con imponentes y reflexivos epitafios. No obstante
uno me llamó la atención: El del ex-presidente Alfonso López Michelsen. Era muy
simple respecto de las otras tumbas que bordeaban el lugar. Estaba rodeado por
pasto, imponente por el verde característico de las hojas, y con su lápida que
rezaba: Alfonso López Michelsen (30 de junio de 1913 – 11 de julio de 2007).
El silencio sepulcral sigue reinando
en el cementerio. Y los muertos siguen callados, silenciosos ante el
inobjetable paso del tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario